jueves, 13 de octubre de 2011

LOS JUGUETES

Revisando un texto de Walter Benjamin titulado Escritos: La literatura infantil, los niños y los jóvenes, me ha surgido el interés por tratar este asunto. Decidí abordarlo con el objeto de encontrar el significado subyacente tras objetos tan comunes como los juguetes. Para esto, dispuse de un par de artículos, que junto a otros opúsculos, hacen parte de esa bella colección.  

Historia cultural del juguete es justamente uno de ellos. Este texto, elaborado por Benjamin en parte como comentario, pero también como respuesta a Juguetes infantiles de tiempos remotos de Karl Gröber, reseña brevemente algunos datos históricos sobre los orígenes modernos (europeos) del juguete, expuestos más detalladamente en el trabajo de Gröber. Una de las principales premisas allí expresadas, es que “si Alemania es el centro geográfico de Europa, también ha sido el centro espiritual en el terreno del juguete” “(1989)”. Alemania, en tanto centro mundial de la juguetería, ha dado a luz la figura de los más representativos modelos: soldaditos de plomo, casas de muñecas, animalitos de madera, arbolitos de viruta; todos ellos extendidos en universal legado, primero a lo largo de Europa y luego por el mundo entero.

La fabricación de aquellas piezas, durante todo el periodo clásico de la Europa moderna, era realización de artesanos de la industria. De tal suerte que la elaboración de juguetes se restringió a los materiales, las formas y los métodos de tal o cual sector industrial. Así por ejemplo, “se compraban animales de madera en el taller del tornero, se adquirían los soldados de plomo en el del calderero, las figuras de confituras en el negocio del pastelero, las muñecas de cera en casa del fabricante de velas” “(1989)”. Se evidenciaba la inexistencia de industrias jugueteras especializadas, posibles tan sólo hasta finales del siglo XVIII. Esta especialización, amparada bajo una legislación comercial específica, limitó la elaboración artesanal, impidiendo que diversos sectores industriales adelantasen sus trabajos. Con aquellas disposiciones gremiales, “se obligaban a las distintas industrias, cuando se trataba de fabricar juguetes de diversos materiales, a dividirse entre sí aún los trabajos más sencillos, con lo cual encarecían la mercadería” “(1989)”. El encarecimiento de la mercadería, consecuencia entonces de la división del trabajo, beneficio definitivamente a los comerciantes intermedios y mayoristas.

De este modo, Alemania aparece no sólo como centro geográfico y juguetero de Europa, sino también de distribución. Los grandes exportadores iniciaron su prometedora actividad, distribuyendo productos elaborados masivamente a los minoristas de todo el país. Sobrevino un aumento progresivo de los medios de exportación, lo cual obligó a múltiples sectores de las artesanías a sumarse a la realización de pequeños artículos domésticos e infantiles ampliamente demandados.

Ya en el siglo XIX, la técnica avanzaba a grandes pasos en la industria de la juguetería. De la elaboración de rústicas figuras primitivas, modeladas con sencillos materiales y mecanismos que mostraban el quehacer popular de la época clásica; pasando por la masiva fabricación de pequeños modelos infantiles en tiempos de la industria moderna; se ha llegado a la producción cada día más compleja de artículos infantiles y de colección en la era contemporánea, asistiendo de ese modo a un problema de fondo en la actitud infantil general.

En Juguetes rusos, hablando del problema arriba enunciado, Benjamin expone:

“En el juguete está presente el espíritu que da origen a los productos, todo su proceso de elaboración y no sólo su resultado; es natural que el niño comprenda un objeto de manufactura rústica mejor que otro procedente de un complicado proceso industrial… Nuestros creadores artesanales no deberían olvidar con tanta frecuencia que el efecto de lo primitivo no llega a los niños a través de formas de construcción esquemáticas, sino a través de toda la configuración de su muñeco o perrito, en tanto puedan imaginarse cómo fueron hechos. Es esto, precisamente, lo que quiere saber, lo que le permite establecer una relación viva con sus cosas” “(1989)”.

Sin embargo, a propósito de la necesidad de reparar sobre dicho asunto, el autor reconoce la importancia que adquiere Rusia en este sentido. Benjamin considera que la empresa juguetera rusa contó con un mínimo nivel de difusión, no obstante la calidad de sus trabajos. Debido a las cientos de tribus y pueblos ubicados sobre la amplia geografía rusa, se ofrecía la posibilidad de utilizar infinidad de materiales extraídos principalmente del conjunto de la naturaleza. Con la implementación de tan variado conjunto de materiales, se hizo manifiesta la manera de enriquecer las formas de los juguetes; formas que en últimas, cumplían la tarea de representar la diversidad cultural y popular de Rusia.

En esta perspectiva, los juguetes rusos adquirieron una importancia real, porque los materiales comunes utilizados en su fabricación, eran asequibles al entendimiento del niño, que no solamente los comprendía desde la lógica misma de su funcionamiento, sino desde el papel que el objeto, el animal o el personaje representado, desempeñaba en su entorno cotidiano. A pesar de esto, Benjamin ya observaba con tristes ojos el avance de los grandes medios técnicos de industrialización, que amenazaban con atacar los talleres populares de la Rusia campesina. Y hablando de la posición del juguete frente a la amenaza futura, nos dice: “seguramente estarán todavía vivos, allí arriba, en sus tierras, seguirán siendo modelados en la casa del labriego, después de la jornada, pintados con colores vivos y cocidos” “(1989)”.

De esto se sigue un poco que “el arte popular y la cosmovisión infantil habían de comprenderse como configuraciones colectivas” “(1989)”. Ciertamente exista la intención de transformar las nociones establecidas tradicionalmente con respecto de la actividad que los niños desarrollaban junto a sus juguetes. Porque entrado el siglo XIX, se había afincado en gran parte de Europa una idea psicologista y esteticista del arte popular infantil. En Juguetes y juego, Benjamin examina críticamente el problema presente en la relación del juguete con el juego,  desde la perspectiva de esas posiciones. Asimismo, reconoce las iniciativas adelantadas por las tendencias del momento.

Benjamin combate “la suposición de que la necesidad misma de los niños determina, sin más, el carácter de los juguetes” “(1989)”. Dicha suposición era sostenida por algunos teóricos de la época, para quienes, de uno u otro modo, el ejercicio que los niños llevaban a cabo con sus juguetes, se encontraba condicionado por necesidades físicas y culturales de desarrollo.  Los niños jamás han sentido la necesidad inherente de adecuar las disposiciones del juguete a sus necesidades. Y en ese sentido, Benjamin es claro cuando expone, por ejemplo, que el sonajero no es un artículo utilizado en la adaptación del oído del bebé, sino que se ha utilizado tradicionalmente para alejar de él los malos espíritus.

Entonces, Benjamin es categórico expresando que “el juguete no es imitación de los útiles del adulto, es enfrentamiento, no tanto del niño con el adulto, sino más bien al revés” “(1989)”. Y es así, porque siendo el adulto quien necesariamente regala el juguete al niño, desea siempre, muy en el fondo, formarlo a su imagen. De acuerdo con aquella figura occidental racionalista, el adulto supone cumplir con la figura del educador superior, y para ello, precisa, por ejemplo, obsequiar juguetes (objetos) propios de su ámbito vital al niño, queriendo hacer de este un adulto en miniatura.

Desde luego eso no ha impedido que aquellos artículos dejen de ser juguetes. Y esto sólo ha sido posible, gracias a que la fuerza con que afectaban la imaginación del niño, permitió transformarlos planamente en juguetes.  

Aquella actitud de inseguridad burguesa frente a la libertad de la persona infantil, fue transformada con el tiempo. Con ella desde luego los juguetes y también los juegos mismos. Y es que en realidad las verdaderas determinaciones de la relación juguete-juego, no se encuentran dictadas en la sociedad por limitaciones psicológicas o comerciales. Lo que hace posible el juguete no son las necesidades de imitación cultural que posee el niño; ni siquiera las necesidades físicas o psicológicas naturalmente propias. Lo que se fija como condición necesaria de esta manifestación de la cultura, es justamente el marco en que se desarrolla el procedimiento de fabricación. Como en los rusos. Es decir, lo que ha de prevalecer es la actividad misma de la fabricación, determinada a su vez, por los materiales, y estos, por la geografía. Únicamente a través de la observación de estos rasgos técnicos, de los procedimientos y sus fuentes, será posible mirar que “los juguetes están así condicionados por la cultura económica, y sobre todo técnica, de las colectividades” “(1989)”.

Hemos visto entonces que el juguete no es plenamente dentro del juego de la imitación. Y no lo es, simplemente, por que los niños no consienten la imitación como una necesidad vital, ni siquiera lúdica. El juguete se halla guiado por “la gran ley que, por encima de todas las reglas y ritmos aislados, rige sobre el conjunto del mundo de los juegos: la ley de la repetición” “(1989)”. Por lo que la esencia del jugar no es un “hacer de cuenta que...”, sino un “hacer una y otra vez” “(1989)”. El niño o la  niña desean sentir constantemente la alegría de armar un edifico, y no de sentirse un arquitecto; de dar un golpe, y no de sentirse un guerrero, de acariciar y dar un beso, mas no tanto de sentirse como una madre. “Sabemos que para el niño esto es el alma del juego, que nada lo hace más feliz que el “otra vez” “(1989)”.

Pero la gran ley que rige el universo de los juegos infantiles no se queda solamente allí. Rige al final la inmensa mayoría de las acciones que motivan la vida del ser humano:

“Porque el juego, y ninguna otra cosa, es la partera de todo hábito. Comer, dormir, vestirse, lavarse, tienen que inculcarse al pequeño en forma de juego, con versitos que marcan el ritmo. El hábito entra en la vida como juego; en él, aún en sus formas más rígidas, perdura una pizca de juego hasta el final” “(1989)”.




Bibliografía y notas

Benjamin, W.  Escritos: La literatura infantil, los niños y los jóvenes. Ediciones Nueva Visión: Buenos Aires, 1989.




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